hasta siempre, Arturo Corcuera

El escritor fantasma

Publicado: 2014-07-05


Es de madrugada. El aire es caliente. El escritor ha subido los cuatro pisos que lo separan desde el lobby del hotel hasta su habitación, casi arrastrándose.

Ha navegado por varios minutos. El río solitario, las estrellas arriba, el rumor del motor del bote. Su trabajo alternativo lo absorbe, pero a veces puede darse algunos lujos. Observar el cielo de noche, por ejemplo.

Cuando ingresa, se da cuenta que aquello es todo lo que posee: algo de ropa, algunos libros y una computadora. Ese es todo su legado. Piensa si algún día no se ganaría una casa o un auto en un sorteo.

Busca dentro de sus ropas lo que le es una carga. Se ha dado cuenta que todos los accesorios los ha colocado en su mochila negra. En el bolsillo de su pantalón permanece el teléfono móvil con acceso a internet, pequeño lujo de estos tiempos.

Escucha ruido afuera. Se acerca a la ventana, oculto detrás de las cortinas, con las luces apagadas. Ha aprendido la técnica de pasar de incógnito desde muy niño. En su caso, la aplica con mucha virtud.

Mira hacia la calle. Enfrente, un grupo de personas celebran un cumpleaños. Están en la puerta de alguna casa. Han bebido. Palabras altas, altisonantes, gritos, sonrisas, música celebratoria. Abrazos.

Recuerda el escritor. Despertó muy temprano (casi no durmió). Usó su Tablet para anotar los deberes laborales. Hizo algunas llamadas de coordinación. Se conectó a internet para responder más correos electrónicos. Se conectó a sus redes sociales.

Cero mensajes. Cero saludos.

Un día normal.

(No es que le importe, dice, con el rostro avejentado. Cosas peores suceden, piensa, con mucha seguridad).

Pertenece a una estirpe, a un linaje.

Los han llamado vampiros, por chuparse las historias de los demás para vivir las suyas. Los han llamado parásitos. Los han llamado monstruos, a quienes todos contemplan maravillados pero con repelencia.

Lo temen a pesar de la invisibilidad. Esperar no tropezar con él. Esperan que su figura se diluya en la oscuridad.

El terror es solo cotidianidad mezclada con la ansiedad del rechazo.

El escritor, más bien, es un fantasma. Debe ocultarse de la vida, debe contemplarla a trasluz, y desde la nada, puede observar, puede darse cuenta de la humanidad. De los pequeños detalles que encienden el fuego de las historias y van degradando un poco más su memoria.

Él mueve las manijas de cuando en vez, pero es consciente de su papel como mero espectador; a lo sumo, como cómplice mediato.

Escucha el compás de los relojes. Espera que un día el horror pueda aniquilarlo y liberarlo.

Pero la furia es inútil. El dolor es inútil. El escritor pierde la batalla por trascender la existencia. Es solo un elemento decorativo de las fuerzas de la naturaleza que lo doman y lo impelen.

El escritor se siente cansado, pero aquello es mucho más poderoso. Basta un instante, un pequeño resquicio de duda para que todo se encienda y retorne la maldición.

Mira la luz de una farola. Cierra la cortina. Ya solo escucha susurros en su cabeza.

Vuelve a la mesita de tocador. Mira la computadora portátil. Desearía poder dormir. Falta un par de horas para el amanecer.

Duda por un momento. Una mueca se dibuja en su rostro.

Silencio.

(Pudo haber sido diferente. Siempre pudo haber sido diferente)

Empieza a golpear las teclas. Retorna a su oficio. A formar palabras, oraciones, frases. Alquilarse una existencia. Disecar las vidas de las demás y susurrarles incesantemente, sin respuesta alguna.

A ser fantasma, una vez más.


Escrito por

Paco Bardales

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